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Catequesis del Valle · Locución

El discernimiento

Cómo reconocer lo que es de Dios y lo que no lo es — primera y segunda parte.

Palabra recibida en el valle

Palabra recibida en el Valle de la Media Luna

Esta catequesis fue dada por Santa Teresa de Jesús al profeta y vidente de la Virgen de la Media Luna, Ronald José Muñoz Cedeño — Esdras Epifanía — en locución exterior: la primera parte en el año 1995 y la segunda el 10 de enero de 1996. Esdras grabó la disertación; el estado en que se encuentra durante la locución le mantiene incomunicado del mundo exterior, por lo que la Santa se dirige a él como a una segunda persona.

Transcripción fiel de la palabra recibida, revisada y aprobada por el grupo de oración. Teresa de Jesús utiliza algunos modismos propios del castellano antiguo, caídos en desuso actualmente. Texto original en español.

Primera parte (año 1995)

Teresa de Jesús: Que la paz esté junto a vos, hermoso niño. Mi nombre es Teresa de Jesús, llegada a vos por obra y gracia del Espíritu Dador de Vida, el Paráclito, el Espíritu Santo de Dios. Muchas veces, hijo, en vuestro interior hay algo que no os permite estar en esa paz verdadera que sólo lo da el Espíritu, el Espíritu de Dios. De todas las cosas por las que habéis pasado, habéis podido discernir cuándo es Teresa de Jesús, y, asimismo cuando es algo que se hace luz, tratando, ansina mismo, de envolver en una luz falsa, aquello que no es de Dios.

Vuestro interior ha pasado pruebas muy difíciles, y ansina mismo, habéis librado batallas directas contra el demonio, y en vuestra interioridad, no sabéis cómo ni a qué se deben. Ansina mismo, las cosas que os suceden, sólo podéis deciros a vos mismo: ésta es una verdad, hay algo que vive en mí, Dios. Ansina mismo, os habéis percatado de que existe un mundo de odio y un mundo de amor.

Hijo, es en esta época, cuando ya estáis en capacidad de conocer más profundamente al mundo de Dios y al mundo de la oscuridad. Por eso, hijo, os quiero entregar un tesoro, hijo, un tesoro que ha venido con el correr de la Santa Iglesia Católica, un tesoro en el cual el ser humano puede discernir la verdad o la falsedad de esos mundos, el mundo de amor y el mundo del odio.

Cada una de vuestras experiencias ha sido un don maravilloso de Dios, pero, ansina mismo, hijo, todo don tiene su riesgo y ese riesgo es discernir y saber lo único bueno y verdadero; adoptando ansina mismo, una actitud de indiferencia o de insensibilidad para todo aquello que no pertenezca a la verdad, que es de Dios. A través de todo esto, hijo, podéis ver que siempre ha habido tendencia — y voy a utilizar una palabra que no la vayáis a mal interpretar — a canonizar como bueno y santo todo lo que sucede en un grupo de oración carismático, o en la vida personal de alguien después de recibir el Espíritu Santo.

Mirad, hijo, quiero ayudaros a comprender a todas aquellas personas que viven un gozo de haber encontrado a Dios, porque es necesario, por caridad, vivir prevenido. Porque ¿sabéis algo hijo? Vos, más que nadie sabéis que aún, habiendo encontrado a ese ser tan maravilloso, a vuestro Amado, a esa Luz, a esa Verdad, a ese Amor; también estáis viviendo en un mundo de sombras, de oscuridad, de tinieblas y la maldad está por todas partes, y, ese enemigo no os dejará nunca de rondar, de acercarse a vos y, de tratar por todos los medios de devoraros.

Mirad, voy a daros citas bíblicas en todo esto, pero las vais a tener que buscar vos, porque esta catequesis, hijo, lleva su tiempo. 1ª de Pedro 5, 8.

1ª de Pedro 5, 8: «Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar».

Debéis entender que, en el mundo de Dios, ansina mismo, que existe el bien y el mal, la verdad y el engaño, el trigo y la cizaña, todo está completamente combinado o mezclado según podéis ver en Mateo 13, 24-30.

Mateo 13, 24-30:
24. Otra parábola les propuso, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo.
25. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue.
26. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña.
27. Los siervos del amo se acercaron a decirle: “Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?”
28. El les contestó: “Algún enemigo ha hecho esto.” Dícenle los siervos: “¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?”
29. Díceles: “No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo.
30. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero.”»

Y vos, hijo, no creáis que estáis en un grupo privilegiado como muchos pueden decir. No mi niño, no existe. Escuchad, ningún grupo humano en oración privilegiado, en el que todo sea santo, en el que todo sea puro, en el que todo sea de Dios, porque, escuchad, hijo, aunque muy cerca os encontréis de Dios, seguís siendo pecado, seguís siendo basura. No ha habido un santo, santo verdadero, hemos pecado todos. Si decís que no tenéis pecado, os engañáis a vos mismo, porque esa verdad no está en vos. Recordad 1ª de Juan 1, 8.

1ª de Juan 1, 8: «Si decimos: “No tenemos pecado”, nos engañamos y la verdad no está en nosotros».

Mirad, hijo, esta iglesia que sois vos, encierra todo un seno de pecado igual que todos los que os rodean y, escuchad, debéis recordar que la Iglesia Católica es santa y está necesitada de purificación, y está necesitada de sacrificios, de penitencias, de ayunos, de amor. Hijo, en el mundo y en el hombre no sólo actúa el poder de Dios, también actúa el poder de las tinieblas, como ansina, os lo he hecho saber; Lucas 22, 53.

Lucas 22, 53: «Estando yo todos los días en el Templo con vosotros, no me pusisteis las manos encima; pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas».

Y por lo mismo, debéis de vivir preocupado de examinarlo todo, para que, ansina, debéis quedaros con lo bueno. Esto lo encontráis en 1ª de Tesalonicenses 5, 21.

1ª de Tesalonicenses 5, 21: «examinadlo todo y quedaos con lo bueno».

Hijo, sed siempre sencillo, al mismo tiempo sed astuto como la serpiente. Mateo 10, 16.

Mateo 10, 16: «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas».

Porque el espíritu de las tinieblas se disfraza de ángel de luz, no lo olvidéis. 2ª de Corintios 11, 14.

2ª de Corintios 11, 14: «Y nada tiene de extraño: que el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz».

Por lo tanto, hijo, espero y confío que aprendáis a discernir, y no aceptar ingenuamente todo aquello que dice nacer del Espíritu Santo, no lo olvidéis. Ansina, dice 1ª de Juan 4, 1: «queridos míos, no creáis en todos los que dicen que son inspirados, examinad los espíritus», para ver si proceden de Dios. Porque muchos falsos profetas andan por el mundo y vos, Esdras, debéis percataros que esto es así ya que habéis tenido múltiples experiencias, no lo olvidéis. Lo importante en todo esto es manteneros en santa paz, para poder examinar verdaderamente lo que es de Dios y descartar lo que es del demonio. Ansina, hijo, manteneos siempre, siempre en esa verdad, el amor de Dios.

Hijo, nunca olvidéis que, tener experiencias de Dios es experimentar su Espíritu. Mirad, que, en las primeras comunidades cristianas, la experiencia del Espíritu Santo era la primera señal de un cristiano.

El Espíritu Santo era para aquellos, hijo, la experiencia misma que no podían negar sin negar que fuesen cristianos. El Espíritu se derramaba sobre ellos, y lo experimentaban individual y comunitariamente como una nueva realidad. ¿Cómo estáis vosotros? ¿Cómo lo experimentáis vosotros? ¿Podéis experimentarlo individualmente? Si, ansina, lo podéis hacer, lo podéis experimentar luego comunitariamente, de lo contrario, esto no cabe. Los primeros cristianos experimentaban el Espíritu Santo de una manera inmediata, con sus dones extraordinarios. Mirad, en 1ª de Corintios 1, 4-8 y, 1ª de Corintios 12, 7-11.

1ª de Corintios 1, 4-8:
4. Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús,
5. pues en él habéis sido enriquecidos en todo, en toda palabra y en todo conocimiento,
6. en la medida en que se ha consolidado entre vosotros el testimonio de Cristo.
7. Así, ya no os falta ningún don de gracia a los que esperáis la Revelación de nuestro Señor Jesucristo.
8. Él os fortalecerá hasta el fin para que seáis irreprensibles en el Día de nuestro Señor Jesucristo.

1ª de Corintios 12, 7-11:
7. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común,
8. Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu;
9. a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones, en el único Espíritu;
10. a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas.
11. Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad.

Mirad, el carisma del servicio en 1ª de Corintios 12, 28.

1ª de Corintios 12, 28: «Y así los puso Dios en la Iglesia, primeramente, como apóstoles; en segundo lugar como profetas; en tercer lugar como maestros; luego, los milagros; luego, el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas».

Los frutos, en Gálatas 5, 22-23.

Gálatas 5, 22-23:
22. En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad,
23. mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley.

Y manifestaciones de poder, en 1ª de Tesalonicenses 1, 5 y 1ª de Corintios 2, 4-5.

1ª de Tesalonicenses 1, 5: «ya que os fue predicado nuestro Evangelio no sólo con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo, con plena persuasión. Sabéis cómo nos portamos entre vosotros en atención a vosotros».

1ª de Corintios 2, 4-5:
4. Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder
5. para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios.

Ansina, hijo, en las comunidades del Nuevo Testamento, el Espíritu Santo era hecho la experiencia antes de ser un objeto de doctrina, no lo olvidéis. En vuestros días, es una nueva experiencia de Dios a través del Espíritu, esa experiencia del Espíritu en la Iglesia nunca ha faltado. Ansina, la tradición mística y el dinamismo de la Iglesia a través de los siglos lo constata, pero estáis asistiendo actualmente a una nueva efusión del Espíritu, que, ansina, está renovando a vuestra Iglesia o nuestra Iglesia, con los prodigios como de un nuevo Pentecostés, con manifestaciones similares de dones extraordinarios de servicio, en vista a la construcción del Cuerpo de Cristo. Efesios 4, 11-12.

Efesios 4, 11-12:
11. El mismo «dio» a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros,
12. para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo.

Pero, ansina hijo, esa experiencia del Espíritu y sus dones no está exenta de peligros, fácilmente se desliza en ella la ilusión y el engaño. Por eso, hijo, es fácil confundir experiencia de Dios y emoción o sentimiento, que es más bien experiencia de sí mismo. La experiencia de Dios no es algo, escuchad, que el hombre hace o que el hombre puede provocar, sino, más bien, lo que Dios hace en el hombre, es así. Es fácil — escuchad, observad — confundir la experiencia del Espíritu Santo con las manifestaciones propias de la mente o los impulsos de la propia carne o incluso, con las ilusiones provocadas por el espíritu maligno que se viste de ángel de luz.

Recordad, que es importante que os mantengáis atento, debéis atisbar muy bien, si la luz procede de Dios o del demonio. La experiencia, hijo, de Dios, es una especie de resurrección alegre y triunfal, esto es lo que da esa experiencia; sin olvidar que, la experiencia del Espíritu tiene también, ansina, lugar en la debilidad y en la humillación. 1ª de Corintios 1, 24-30.

1ª de Corintios 1, 24-30:
24. mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.
25. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres.
26. ¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza.
27. Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte.
28. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es.
29. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios.
30. De él os viene que estéis en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención,
31. a fin de que, como dice la Escritura: El que se gloríe, gloríese en el Señor.

En la sobriedad y en la sencillez de la vida común, 1ª de Corintios 12, 28, y en la experiencia de la Cruz, 2ª de Corintios 4, 10.

2ª de Corintios 4, 10: «Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo».

Por todo esto, hijo, debéis deducir que la tentación de querer reducir toda la relación con Dios a pura experiencia religiosa, creyendo encontrar el crecimiento en Cristo, en un ir de experiencia espiritual en experiencia espiritual, olvidando la dimensión doctrinal y la exigencia operacional a la fe, se cae, ansina, hijo, en una verdadera tiranía de la experiencia subjetiva, no lo olvidéis. Ansina, hijo, lo importante en todo esto es el discernimiento.

Dios es un misterio para vos y para el mundo, pero, siempre está con vos y con el mundo, pero siempre hay que estarle buscando. Y, con esa búsqueda constante de Dios, a veces se os hace difícil porque son muchas las fuerzas que pretenden confundiros en este caminar hacia Él. Por ello, hijo, está el don del discernimiento, es uno de los carismas del Espíritu al que es necesario abriros con mayor urgencia.

Mirad, la Escritura o la Santa Biblia os enseña que en el Reino de Dios en su etapa terrenal todo está mezclado. El bien y el mal, la verdad y el error, la luz y las tinieblas, la santidad y el pecado, lo verdadero de los falsos profetas, el trigo y la cizaña; y, a veces se hace muy difícil distinguirlos. Por eso, hijo, debéis tener cuidado con los falsos profetas que se acercan disfrazados de ovejas, cuando en realidad son lobos feroces. Debéis mirar que el Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo, pero, cuando estaba durmiendo vino un enemigo y sembró maleza en medio del trigo. Escuchad muy bien: en realidad son falsos apóstoles, engañadores disfrazados de apóstol de Cristo, y, esto no es maravilla, pues, el mismo satanás se disfraza de ángel de luz, esto lo dice la Sagrada Escritura en 2ª de Corintios 11, 14.

Así pues, muy queridos hijos, avisados como estáis, tened cuidado, no sea que esa gente extraviada os engañe, os arrastre, os haga perder la firmeza y por fin caer; 2ª de Pedro 3, 17.

2ª de Pedro 3, 17: «Vosotros, pues, queridos, estando ya advertidos, vivid alerta, no sea que, arrastrados por el error de esos disolutos, os veáis derribados de vuestra firme postura».

Escribiendo, ansina, San Pablo a la Iglesia de los Corintios, la llama Iglesia de Dios; ansina dice: «Dios os santificó y eso es lo importante». Aún más, en el mismo uso de los dones espirituales que Dios concedió a la comunidad, hay confusión y desorden que no vienen de Dios, por consiguiente, hijo, hay que discernir cuidadosamente el bien y el mal. Hay que analizar, si las personas que influyen en nosotros actúan con el Espíritu o no, hay que probar si el Espíritu de Dios es el que os impulsa o es satán vestido de ángel de luz, 2ª de Corintios 11, 13-14; o quizás el espíritu de la carne, Gálatas 5, 19-21.

2ª de Corintios 11, 13-14:
13. Porque esos tales son unos falsos apóstoles, unos trabajadores engañosos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo.
14. Y nada tiene de extraño: que el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz.

Gálatas 5, 19-21:
19. Ahora bien, las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje,
20. idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones,
21. envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios.

Mirad, debéis examinarlo todo, ansina, dice 1ª de Tesalonicenses 5, 21-22.

1ª de Tesalonicenses 5, 21-22:
21. examinadlo todo y quedaos con lo bueno.
22. Absteneos de todo género de mal.

Examínenlo todo, y quédense con lo bueno, cuídense del mal donde quiera que lo encuentren. Ansina mismo, estén despiertos porque su enemigo, el diablo, ronda como león rugiente buscando a quien devorar, 1ª de Pedro 5, 8.

1ª de Pedro 5, 8: «Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar».

Tenéis que ser astutos como serpientes y sencillos como palomas. Para hacer el cambio de una actitud ingenua a una actitud de discernimiento, os conviene tener presente estos principios que os voy a entregar:

Primero: escuchad muy bien, no todo lo que sucede en la oración personal o de grupo o en un encuentro carismático procede necesariamente del Espíritu de Dios. Precisamente, cuando algunos abren sus puertas al Espíritu de Dios, en él se dan cita también el espíritu humano y el diabólico; y, esa pugna de espíritus es lo que experimenta normalmente el que trata de servir de veras a Dios. Hijo, entrando al servicio de Dios preparad vuestra alma para la prueba, Eclesiástico 2, 1: «Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba».

Segundo: no existen dos grupos definidos de personas, los cuales tienen el Espíritu Santo y los que no lo tienen. En todo hombre, aún en el más lleno de Dios, existe pugna de espíritus que pueden ocasionar confusión. Recordad lo que dice Pablo en Romanos 7, 23: «Llevo en mis miembros otra ley, que está luchando contra la ley de mi espíritu, y que hace de mi un esclavo de esta ley de pecado que está en mis miembros». Por ello, siempre se necesita discernir, no lo olvidéis.

Tercero: es deber de los responsables no apagar el Espíritu de Dios. Ver 1ª de Tesalonicenses 5, 19-20: «19. No extingáis el Espíritu; 20. no despreciéis las profecías». Pero, al mismo tiempo, tienen el deber de examinarlo y probarlo para ver si efectivamente es de Dios; 1ª de Tesalonicenses 5, 21: «examinadlo todo y quedaos con lo bueno». Y, 1ª de Juan 4, 1: «Queridos, no os fieis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo».

Mirad, existen muchas personas que, al correr de la Iglesia Católica en estos años, han corroborado todo lo que os estoy diciendo, por lo tanto, existen libros escritos de discernimiento que podéis buscar y ayudaros. Lo que os estoy dando ya está escrito, esto es propio del hombre al descubrir la verdad misma del Espíritu de Dios y del espíritu del hombre y del espíritu demoniaco. Por lo tanto, debéis quedar en la libertad, ansina, en el Espíritu Santo, pero, hay que atar y controlar el espíritu humano y diabólico.

Con frecuencia hay personas que, reclamando libertad en el Espíritu de Dios, lo que hacen es dársela al espíritu humano o a uno diabólico que los impulsa. Esto hay que discernirlo, por lo tanto, habéis observado que os he mencionado tres tipos de espíritus. Llamáis espíritu a la fuerza interior que impulsa vuestros actos o a la causa que inspira vuestro comportamiento. Ansina, hijo, a los apóstoles Santiago y Juan, Jesús les dijo: por vuestra impaciencia, no sabéis de qué espíritu sois, Lucas 9, 55-56: «Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo».

Aunque se pueden enumerar muchas clases de espíritus, os he mencionado tres: el Espíritu de Dios, que inspira siempre al bien; el espíritu diabólico, que instiga siempre al mal; y, el espíritu humano que inclina unas veces al bien y otras al mal. Analicemos cada uno de estos. ¿Os parece, hijo?

El Espíritu de Dios: este Espíritu siempre impulsa al bien, unas veces de modo ordinario, y otras, de modo extraordinario por medio de los dones del Espíritu Santo. Se presenta siempre con suavidad y facilitando lo bueno, aunque, a veces la primera impresión sea de temor y por los pecadores, de remordimientos. Nunca incita al mal, ni aún, a un bien puramente aparente.

El espíritu diabólico: siempre solicita el mal, aunque muy a menudo se transfigura en ángel de luz para engañaros, a vos y a los incautos, 2ª de Corintios 11, 14, pero, al fin descubre sus intenciones perversas. Para sus instigaciones se vale de vuestra fantasía y demás potencias sensitivas, es decir, vuestras potencias que altera y desconcierta, propone bienes sensibles con exageración de necesidad, o males con apariencia de bien.

Mirad, que no guarda orden, ni comedimiento alguno en su modo de obrar, y, tan pronto suscita favores intempestivos y penitencias indiscretas, como exagera las dificultades de la virtud; escuchad, hijo, e incita a la desesperación. Hijo, éste da rienda suelta a sus pasiones, obra de ordinario con alboroto y perturbación y violencia, pero a los malos les quita el remordimiento y los adormece con placeres. ¿Qué os parece?

Ansina mismo, el espíritu diabólico incita a la ira, rencor, envidia, impaciencia, amargura, desánimo contra otros; haciendo resaltar y revolver cualquier sombra o sospecha, escuchad muy bien, de afrenta, desvío, desatención o indiscreción que pueda heriros, no lo olvidéis.

El espíritu humano: es la naturaleza humana dañada por el pecado, con fuerte tendencia al mal, hijo, es la propia mente con sus limitaciones y sus desvíos. El espíritu humano, hijo, inclina a lo bueno cuando mira su atractivo y cuando no se presenta con la dificultad de las luchas y contrariedades que lleva consigo. Mirad, que éste, se guía por lo que gusta, por lo que halaga el sentimiento y causa placer, más bien que, por lo justo, lo bueno y lo verdadero. El espíritu humano, hijo, inclina a la comodidad, ansina a la satisfacción de los sentidos y del amor propio, es egoísta, inmortificado y dependiente, obra con suavidad y natura, es sensible y nunca es violento para si mismo, aunque sea para los demás muy pesado. Existen de él dos derivaciones: el espíritu carnal y el espíritu mundano.

El espíritu carnal: vive de los sentidos corporales y para los sentidos corporales, y, conforme a eso, son los movimientos que suscita y los deseos que mueve. No se ciñe a los deshonesto, se extiende a cuanto toca al cuidado y gusto del cuerpo, impulsa las tres conscupiscencias, que enumeradas son: la conscupiscencia de la carne, la conscupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. Ansina, sus manifestaciones son: relaciones sexuales prohibidas, impurezas y desvergüenzas, cultos de los ídolos y supersticiones, odios, celos, violencias, furores, ambiciones, desviaciones, sectarismos, desavenencias y envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes. ¿Qué os parece? Esto lo veis también en Gálatas 5, 19-21.

El espíritu mundano: es la otra parte que impulsa, ansina, a ver las cosas con criterios no de Dios, sino del mundo paganizado: ambición, afán de riquezas, de dignidades, de grandezas terrenas, deseos de honra, jactancia, vanidades, discriminación, racismo y cosas semejantes.

Así pues, los sentimientos e impulsos que experimentáis, aún experiencias extraordinarias, escuchad, como visiones, lenguas, previsiones o profecías, sanación, interpretación del pensamiento y sueños, pueden proceder de tres fuentes distintas: la primera, de Dios; la segunda, del espíritu diabólico y la tercera, de vuestra propia naturaleza.

Aún, hijo, estos espíritus con frecuencia se interfieren y se mezclan de mil maneras, hasta el punto de que, en un mismo comportamiento y una misma experiencia, puede haber mucho de Dios, y al mismo tiempo puede haber aspectos o matices que son del espíritu humano; aún, escuchad, del espíritu diabólico. Por lo tanto, hijo, os llamo al discernimiento, vos que tenéis la formación de grupos orantes.

Ansina mismo, hijo, existen señales que debéis conocer, para conocer al Espíritu de Dios. Mirad, hijo, el Espíritu de Dios va donde quiere, sopla donde quiere. Juan 3, 8: «El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu».

La primera señal es que esté de acuerdo con la Palabra de Dios, tal como se os da a través de Cristo y su Iglesia. Mirad, que debe ser auténtico, el sentido de la Palabra de Dios debe venir del Espíritu de Dios, es decir, lo que no está conforme con esa autenticidad, no puede venir del Espíritu de Dios. La Palabra de Dios es la Verdad Absoluta y eternamente válida, ninguna inspiración o revelación privada puede contradecirla, ya lo sabéis.

La segunda señal, que estéis de acuerdo con la fe de la Iglesia y en comunión con la Iglesia, esto quiere decir, comunión con la fe de la Iglesia. A la Iglesia le fue confiada por Cristo el depósito de la fe. Mateo 18, 17-18: «Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo». Juan 21, 15-17: «Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: “Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?” Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero.” Le dice Jesús: “Apacienta mis corderos.” Vuelve a decirle por segunda vez: “Simón de Juan, ¿me amas?” Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero.” Le dice Jesús: “Apacienta mis ovejas.” Le dice por tercera vez: “Simón de Juan, ¿me quieres?” Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: “¿Me quieres?” y le dijo: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.” Le dice Jesús: “Apacienta mis ovejas”». Y, 1ª de Timoteo 3, 15: «pero si tardo, para que sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad».

Ninguna manifestación del Señor puede contradecir la doctrina que os han entregado los apóstoles, custodiada e interpretada por el Papa y el Colegio de los Obispos. Son sucesores únicos que garantizan la verdadera enseñanza de Jesús. Ansina, dentro de ella, obediencia a la legítima autoridad. Lucas 10, 16: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado».

Ansina, hijo, el principio de obediencia a la autoridad legítima no es suprimido por el Espíritu Santo, antes bien, el Espíritu de Dios impulsa normalmente al respeto y obediencia a los que tienen el ministerio de pastorear y regir. La prontitud para obedecer es uno de los criterios más seguros para discernir la inspiración auténtica.

La tercera señal, hijo, que estéis de acuerdo con los propios deberes del estado. El primer testimonio a que lleva el Espíritu de Dios es al de cumplimiento responsable y ejemplar de las propias obligaciones, de esposo(a) a ser fiel a su esposa o esposo; padre o madre, hijo o hermano, como sacerdote, como médico, como maestro, como cualquier profesional. Todo lo que os mueva a descuidar estos deberes primarios no puede ser del Espíritu de Dios.

Ansina, el mal espíritu lleva más bien a la confusión o contradicción de la sana doctrina o a una interpretación arbitraria o manipulación de la Palabra de Dios. 2ª de Timoteo 4, 3-4.

2ª de Timoteo 4, 3-4:
3. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades;
4. apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas.

El espíritu del mal lleva también a un sectarismo dentro de la Iglesia. 1ª de Corintios 1, 10-14.

1ª de Corintios 1, 10-14:
10. Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que tengáis todos un mismo hablar, y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio.
11. Porque, hermanos míos, estoy informado de vosotros, por los de Cloe, que existen discordias entre vosotros.
12. Me refiero a que cada uno de vosotros dice: «Yo soy de Pablo», «Yo de Apolo», «Yo de Cefas», «Yo de Cristo».
13. ¿Está dividido Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?
14. ¡Doy gracias a Dios por no haber bautizado a ninguno de vosotros fuera de Crispo y Gayo!

Y, el espíritu del mal induce a una irresponsabilidad en los propios deberes fundamentales.

Segunda parte (10 de enero de 1996)

¿Cómo conocer lo que es de Dios y lo que proviene de la oscuridad?

Santa Teresa de Jesús: Hace algún tiempo, hijos, di a este cuerpo la primera parte de aquello que podéis llamar DISCERNIMIENTO, o aquello que os va a permitir reconocer lo que es de Dios y lo que es del demonio. Cada uno de vosotros, hijos, debe mirar esto en su interior, y he decidido hablaros o ahondaros más sobre esto, ya que, muchos al observar las manifestaciones de Dios en este cuerpo, las cuestionáis.

Había una vez, un hombre que no dejaba de repetir cuando predicaba, ansina, que había que poner a Dios en el centro de la vida. Eso es muy cierto. Pero, aquel hombre no sabía que ya Dios estaba en ese centro y lo único que había que hacer era reconocerle. Y, a eso he venido. A que reconozcáis el Espíritu de Dios, a que miréis en vuestros interiores; y os deis cuenta con los ojos del amor, cuándo está Dios y cuándo está el demonio.

Mirad, hijos, cuanto más se apartan los hombres de la providencia ordinaria de Dios, en ciertos comportamientos o experiencias espirituales, más se presentan engaños, y por lo mismo, escuchad, requieren un discernimiento más riguroso. Hoy, voy a hablaros sobre esas manifestaciones de Dios, y ansina mismo, sobre esas manifestaciones del espíritu del demonio.

Os he hablado que dentro del ser humano existen tres tipos de espíritu: el Espíritu de Dios, el espíritu humano y, ese espíritu diabólico adquirido de forma externa en vuestras potencias, y eso lo debéis reconocer.

Es muy importante hijos, que veáis sobre cada una de estas cosas, sobre esos frutos del Espíritu de Dios y sobre esos frutos del espíritu del demonio. Ansina, os habla así Mateo 7, versículo 16: «por sus frutos los conoceréis». De la misma manera que lo reconoceréis por los frutos, ansina mismo, conoceréis la calidad del árbol.

Hijos, si veis Gálatas 5 del 19 al 23, os daréis cuenta de algunas cosas que vienen de la carne, cosas de lo humano, de lo diabólico; y algunas manifestaciones que vienen del Espíritu del Amor de Dios. Ansina, dice Gálatas que es muy fácil ver lo que viene de la carne: relaciones sexuales prohibidas, las impurezas y desvergüenzas, culto a los ídolos y supersticiones, odios, celos, violencias; ansina, furores, ambiciones, divisiones, sectarismos, desavenencias, envidias, borracheras, orgias y, termina y dice: cosas semejantes. Las cosas que vienen del fruto del Espíritu son el amor, el gozo y paz, generosidad, comprensión de los demás y bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo.

Ahora bien, hay que discernir sobre estas cosas. Vamos a enumerar, ansina, una listilla de las manifestaciones del Espíritu de Dios y vamos a poner a su lado unas manifestaciones paralelas del espíritu del demonio.

Así, por ejemplo, podemos decir que del Espíritu de Dios nace el amor humilde, ese amor benigno y desinteresado; es el amor que da esa quietud, esa paz; es un amor sin palabras, fiel. Es tal cual lo describe Pablo en 1ª de Corintios 13, 4-7. Es allí donde veis las quince formas del amor. El espíritu del demonio en su paralelo da el falso amor. ¿Qué es un falso amor? Es la persona que vive amargada, mal hablada, indiscreta, celosa. Es aquella que finge amar a Dios, que su lengua perturba la paz; quieren transformarlo todo y siempre están juzgando a los demás. Ansina, mantienen resentimientos, egoísmos, un sinnúmero de cosas em esta contraposición.

El Espíritu de Dios es verdad, sinceridad, es el Dios de la verdad. Ansina, en 1ª de Juan 5, 6 dice: «Y su espíritu es el espíritu de la verdad». Y siempre actúa por camino de luz y de verdad. No así la manifestación del espíritu del demonio: mentira, falsedad y engaño. Todo esto con fines espirituales disfrazados, envueltos en verdades falsas, lo cual conlleva a ser fácilmente creídos.

El Espíritu de Dios es luz y caridad. Mirad, hijos, Dios es luz y en Él no hay tiniebla alguna, 1ª Juan 1, 5. Ansina hijos, todo aquello que sea en el amor de Dios os va a llevar siempre a la luz. El espíritu del demonio es confusión y tinieblas. Ansina angustia, temores, inquietudes o falsa luz. Ansina, en solo la imaginación sin verdaderos frutos espirituales. Así mismo, con cada una de las experiencias que traen desengaños y confusiones.

El Espíritu de Dios es unión, comunión fraterna. Siempre os lleva a la unidad, a la armonía. Ansina mismo, aún cuando transitoriamente ocasione crisis que se deben más bien, ansina a la resistencia del mal espíritu. El espíritu del demonio es división, siempre divide, siempre siembra el caos, la desunión; aunque momentáneamente os parezca unir, ¡cuidado!

El Espíritu de Dios es discreción. Mirad, siempre hace de una persona que se haga discreta, juiciosa, prudente en todo lo que hace. Nunca se precipita. Siempre mantiene la paciencia. Mirad, todo en esta persona es equilibrado, edificante. No así el espíritu del demonio, lo cual causa indiscreciones continuas. Mirad que, excita por ejemplo a los excesos de penitencia para provocar la soberbia o arruinar la salud. No guarda el debido tiempo, como, por ejemplo, alegrías en el Viernes Santo, tristezas en la Navidad. Mirad, ni tampoco el debido lugar: grandes arrobamientos en público, jamás en privado. Ni las circunstancias de la persona: impulsa devociones o actividades con descuido de las propias obligaciones. Todo lo que vaya contra los deberes del propio estado viene del demonio o de la propia carne, jamás de Dios, no lo olvidéis.

El Espíritu de Dios es humildad sincera, es inconfundible su señal. Si falta la humildad no es menester seguir examinando el alma para poder fallar sin miedo a equivocarse, que no hay allí Espíritu de Dios; y tiene que tratarse de una humildad profunda y sincera, que no afecta ni exteriormente que tan difícilmente se presta a las falsificaciones. El espíritu del demonio en paralelo a esta humildad sincera es orgullo y soberbia, disfrazado con frecuencia con capa de piedad y de celo por las cosas de Dios. En realidad, va buscándose a sí mismo y su propia excelencia. Por esto, queda fácilmente de manifiesto cuando los demás no le prestan la debida atención, o cuando los legítimos responsables tratan de corregir u orientar sus actuaciones.

Mirad, el Espíritu de Dios es docilidad y obediencia, siempre desconfiando humildemente de si mismo. Las personas movidas por Dios aceptan con facilidad las instrucciones y consejos de los sacerdotes o de otras personas espirituales, sabios y prudentes en las cosas del espíritu. En cambio, el espíritu del demonio es desobediencia y obstinación. Es obstinado, pertinaz, no da nunca el brazo a torcer; se guía por sus propias formas de luces, se aferra a su propia verdad y la quieren imponer a toda costa, aún rompiendo con los legítimos guías o pastores. ¡Cuidado!

El Espíritu de Dios es confianza en Dios y desconfianza de si mismo en la consecuencia obligada de la verdad, de la humildad, sabiendo que nada puede por sus fuerzas. Se lanza en brazos de Dios convencida de que todo lo que puede con el poder de Dios lo consigue. Por eso, lo veis en Filipenses 4, 13: «Todo lo puedo en Aquel que me fortalece». El espíritu del demonio es desconfianza y desaliento en la consecuencia obligada de hacer girar la vida en torno al propio yo, o se cae en presunción vana, seguridad u optimismo irracional, atolondrado e irreflexivo. O bien, se ve invadido de una depresión y desaliento mortal. Ese es el espíritu del demonio.

El Espíritu de Dios es desprendido y renuncia a si mismo, no se apega a nada ni siquiera a los dones mismos de Dios. Acepta con gratitud los consuelos sensibles cuando el Señor se los da y hace sus actos piadosos con puntualidad y fervor, pero, los deja con la misma facilidad cuando la caridad, la necesidad o la obediencia lo piden sin el menor gesto de displicencia o mal humor. El espíritu del demonio actúa en esa búsqueda de lo que halaga su propia vanidad. El demonio y la propia naturaleza inspiran siempre comodidad y emociones sensibles, hijos, impulsa a buscarse siempre a si mismo aún aprovechándose de lo espiritual; es inmortificado y sus pasiones se revelan por motivos fútiles y causas desproporcionadas.

El Espíritu de Dios mantiene el dominio de si mismo. El Espíritu de Dios lleva al dominio de si mismo y de las propias pasiones, lo cual hace a las personas pacientes, bondadosas, que se mantengan en equilibrio. El espíritu del demonio lleva al descontrol. El mal espíritu incita más bien al descontrol de las pasiones, a la ira, a la impaciencia, a la ofuscación, violencia de la razón o exageraciones desbordadas, a modales desequilibrados, mirad, a impulsos pertinaces de la voluntad hacia el mal. Todo esto lo veis en el espíritu del demonio.

El Espíritu de Dios es rectitud de intención en todo. Busca en todas sus acciones la gloria de Dios y el cumplimiento fiel de la voluntad del Señor, aún a costa de humillación y de sacrificios propios. El espíritu del demonio trae fines torcidos, hipócritas, doblez, simulación en sus actuaciones; siendo en realidad la verdadera motivación de su conducta la vanidad, la complacencia propia, el deseo de ser apreciado y tenido en mucho.

El Espíritu de Dios es gozo y paz. Es decir, deja el alma en la paz íntima, serena, sincera, profunda. Él es el Dios de la Paz, Romanos 15, 33 hijos. Jesús dejó a los suyos su paz como marca inconfundible de su Espíritu, Juan 14, 27. El espíritu del demonio es insatisfacción y temor. El espíritu maligno es turbulento, áspero, inquieto; y, los que siguen sus sugestiones son testarudos, orgullosos, entrometidos, enredadores que bajo pretexto de celo lo trastocan todo. Censuran a todo el mundo, reprenden a uno, critican al otro. Son gente sin compostura, sin condescendencia, que no soportan nada, que se dejan llevar de las pasiones del amor propio; pretendiendo, ansina, que obran con celo de la gloria de Dios. Éstos son los que actúan de acuerdo a ese demonio.

Como veis, hijos, tenéis vosotros mucho para percataros de cómo estáis actuando en vuestra vida religiosa, de cómo es vuestra vida, de qué hacéis verdaderamente. ¡Comparadlo, miraos! ¿Tenéis amor o un falso amor? ¿Tenéis verdad o tenéis mentira? ¿Tenéis luz o tenéis tinieblas? Ansina, ¿tenéis unión o división? ¿Tenéis discreción o indiscreciones? ¿Tenéis humildad, orgullo y soberbia? ¿Tenéis docilidad y obediencia o desobediencia y obstinación? ¿Tenéis confianza en Dios y desconfianza en vosotros mismos o desconfianza y desaliento? Ansina, ¿desprendimiento y renuncia de si mismo o búsqueda de lo que halaga la propia vanidad? ¿Tenéis dominio de vosotros mismos o descontrol? ¿Lleváis gozo y paz o insatisfacción y temor?

Mirad vuestras vidas antes de señalar, antes de decir qué es de Dios y qué no es de Dios, porque quizás en vosotros puede estar actuando Dios, como también puede estar actuando el demonio para hacer que otros se llenen de esa oscuridad cuando están viendo la luz.

Ansina, hijos, tened mucho cuidado porque el demonio actúa con unas tácticas que os pueden desbaratar la luz de Dios. Ansina, hijos, debéis cada uno de vosotros mirar que Dios todo lo puede hacer, pero esto, hijos, lo debéis mirar en vosotros mismos. Dios es libre de hacer lo que quiera, pero, jamás actúa a capricho. Él tiene un plan de amor, de sabiduría y de poder, y actúa según su plan.

Por eso, hijos, aquellas personas de gran espíritu de oración y de profunda vida espiritual, han conocido por experiencia propia ese estilo o esa forma propia de Dios en sus manifestaciones. Es como si tuvieran un sentido especial, por el que captan de inmediato esto es de Dios, esto otro me huele a mal espíritu. Ansina, de manera semejante, también el espíritu diabólico tiene su modo característico de actuar, su estilo propio. Conocer el modo de Dios y el modo característico del maligno es de capital importancia en el discernimiento.

Por eso, hijos, es importante el sentido de Dios o el instinto de lo divino, el cual se ha desarrollado en algunos santos, es especial el don de sabiduría, el primero de los siete dones clásicos del Espíritu Santo. Pues, hijos, por sus frutos los conoceréis. Es el fruto de la experiencia de Dios, más bien que el aprendizaje humano; pero, sin embargo ayudará mucho a conocer algunas de las manifestaciones propias de esa forma de actuar de Dios y de esas tácticas del maligno.

Podéis ver de Dios, suavidad y paz; del maligno, turbación y desasosiego. Ansina, podéis ver de Dios que se oculta, pero, no se disfraza engañosamente. La táctica del demonio es disfrazarse de ángel de luz. Dios actúa solamente con un respeto sagrado a la persona, el demonio actúa precipitada e impetuosamente. Dios actúa en principio, en armonía con la obediencia a los legítimos superiores; el demonio impulsa a la no aceptación, la no dirección de los legítimos superiores e incluso a rebelarse por motivos espirituales.

Ansina, podemos ver que Dios, con aquellos que viven en pecado, el Espíritu de Dios actúa punzándoles a remordimientos de conciencia. El demonio con los que viven en pecado, el espíritu del mal actúa proponiendo los placeres aparentes. Dios con las personas espiritualmente tibias, flojas, rutinarias, el Espíritu de Dios actúa con llamados interiores para sacudir su flojera. Ansina, el espíritu del demonio con las personas espiritualmente tibias, el espíritu malo actúa proporcionándoles una paz falsa que las mantenga en su desidia. El Espíritu de Dios con las personas fieles y fervorosas, el Espíritu de Dios actúa dándoles ánimo y fuerza. El demonio con las personas fieles y fervorosas actúa turbando y poniendo impedimentos. Ansina, podéis ver mucho de esto.

Quiero aclararos algunas cosas en aquellas donde el espíritu del demonio impulsa a la no aceptación de la dirección de los legítimos superiores, e incluso rebelarse por motivos espirituales. Esta otra forma impulsa a deformar la obediencia y, hace de ella diferentes tipos de obediencia.

Ansina, tenemos la obediencia crítica. Es aquella en que se obedece al superior al mismo tiempo que se le despelleja. El superior es superior, pero, eso no impide que sea poco simpático, regañón, impulsivo, sin pizca de tacto.

Tenemos otro tipo de obediencia, la obediencia pseudomística. Desobedece al superior so pretexto de obedecer al Espíritu Santo. Mirad, esto es pura ilusión.

Otro tipo de obediencia es la obediencia murmuradora. Acepta la orden del superior a regañadientes, murmurando interiormente y, a veces exteriormente con escándalo de los demás.

Obediencia de sabotaje. Se obedece, pero haciendo las cosas mal para que no resulten.

Tenéis ansina, la obediencia camuflada. Conduce hábilmente al superior a modificar sus mandatos terminando por hacer la propia voluntad, imponiéndosela al superior.

Ansina, dentro de esto encontráis el espíritu de oposición. Grupos, partidos de oposición… (interrupción de la cinta) …verdaderamente satánico, que siembra la división y la discordia.

¡Mirad, hijos, cuántas cosas debéis saber para discernir! ¡Cuántas cosas debéis mirar para poder decir es o no es de Dios! ¿Cómo podéis juzgar sino habéis estudiado al Espíritu? Ni siquiera sabéis vosotros lo que es una «Providencia ordinaria» o una «Providencia Extraordinaria» y, aseveráis es del demonio o es de Dios.

Mirad, hijos, cuando Dios se complace en la conducta de un hombre, no se sabe cuánto hará Dios en él, y, esto es muy importante. Siempre os he escuchado hablar y decir que, si Dios ha escogido a alguien, ese alguien debe, ansina mismo, cambiar; ser diferente. Dentro de esa libertad debe desechar todo aquello que vaya en contra de Dios, allí estoy de acuerdo. Pero, bien lo dice 1ª de Corintios 7, 20 que, ansina dice «que permanezca cada cual tal como le halló la llamada de Dios». ¿Por qué queréis transformar al hombre llamado por Dios? ¿Por qué queréis imponer criterios mundanos propios del hombre para que se transforme? Vosotros, hijos, queréis de aquel hombre de Dios un hombre silente, un hombre sin mando, sumiso, con cara de tonto. ¿Quiénes sois vosotros para decidir cómo debe ser el hombre escogido por Dios?

Mirad, discernid, aprended a ello. Y, mirad primero qué es la Providencia Ordinaria. Pues hijos, es el camino por el que el Espíritu de Dios ha llevado al común de las almas espirituales. Tal como consta, por la larga experiencia de una gran cantidad de pléyades o de santos y almas de profunda oración. La Providencia Extraordinaria se refiere a experiencias, inspiraciones o comportamientos que se salen del modo ordinario de actuar el Espíritu de Dios. Esa Providencia Ordinaria, ese camino por el cual el Espíritu de Dios ha llevado a las almas, no es lo mismo que esa Providencia Extraordinaria, donde la forma de actuar de Dios es diferente. Muchos hemos seguido al Espíritu Santo para encontrar eso extraordinario, pero, hay muchos que nunca han seguido al Espíritu de Dios y están caminando con Él por lo extraordinario que Dios les da.

Decía mi medio fraile, al que conocéis como San Juan de la Cruz, que no le gusta a Dios que seáis demasiados prontos en aceptar tales inspiraciones; porque pueden ser de Él (Dios) pero, con frecuencia también pueden proceder del mal espíritu. Por lo tanto, hijos, es bueno que sepáis de algunas inspiraciones o comportamientos dudosos que debéis discernir. Por lo tanto, manteneos a aspirar a otro estado después de haber hecho la debida elección. No lo olvidéis.

Mirad algunas cosas: por ejemplo, aquellos que dicen tener algo de Dios, mantienen siempre a repetir el dicho farisaico: «yo no soy más como los demás hombres» en Lucas 18, 11. Cuando Dios pide excepcionalmente estas cosas, deja sentir de manera bien clara que es su voluntad por el conjunto de especialísimas circunstancias; por lo tanto, se pone a prueba en la obediencia y en la humildad.

Anhelar cosas extraordinarias en el ejercicio de las virtudes, como ciertas locuras santas que realizaron algunos siervos de Dios por especial instinto del Espíritu Santo, ¡cuidado! El mantener espíritu de grandes penitencias exteriores puede ser dudoso. Dios las ha pedido a algunos santos, pero, no es ese el camino normal de su providencia. Aquel espíritu de consuelos y gozos espirituales continuos es muy dudoso; puede ser de Dios, pero, también del demonio o de la simple naturaleza de los hombres.

Los Santos Padres afirman que el Espíritu de Dios va y viene. Tan pronto se manifiesta, como se esconde y, no obra siempre en el alma con un mismo tenor. Muchos pueden ver lágrimas, son sospechosas porque pueden provenir ansina de Dios, del demonio o de la propia naturaleza del hombre. Hay que examinar los frutos que produce.

Mirad: grandes dones extraordinarios, visiones, revelaciones en personas de una vida llena de defectos o pecados son muy dudosos, hay que discernirlos. El espíritu que lleva a cosas que trae consigo honor, independencia, es muy sospechoso. El Espíritu de Dios normalmente inspira la humildad, la sumisión, la pobreza. De todos estos casos se dan ejemplos en la historia.

Hoy, hijos, quería hablaros de ello. Ansina, próximamente estaré hablando a vosotros un poco más del discernimiento. Nunca olvidéis hijos, que lo importante dentro de cada ser humano, es ese encuentro verdadero con Dios. Es ese encuentro de amor en que podáis llenaros las veces que podáis.

Leyendo, este cuerpo, encontró algo que decía más o menos así: «Un hombre recorrió medio mundo para comprobar por si mismo la extraordinaria fama de que gozaba su maestro. ¿Qué milagros ha realizado vuestro maestro? — le preguntó ansina, aquel hombre a uno de sus discípulos. El discípulo contestó: Bueno, mirad, hay milagros y milagros. Quizás en vuestro país se considere un milagro el que Dios haga la voluntad de alguien. Entre nosotros los discípulos, se considera un milagro, el que alguien haga la voluntad de Dios». ¿Qué os parece? Si pudieseis vosotros, haciendo la voluntad de Dios, aceptaríais la grandeza de amor que lleváis dentro y no estaríais al juzgar.

Cuando vayáis a mirar una manifestación de Dios, miraos primero a vosotros mismos. Y, observad si tenéis los puntos, la manifestación del Espíritu de Dios y del estilo de Dios, o de la manifestación del demonio y de sus tácticas.

Que Dios quede en vosotros. Shalom.

Disculpad, hijos. Ahora, os pregunto, después de este shalom que os he dicho: ¿quién os ha hablado? ¿Os ha hablado Teresa de Jesús? ¿Os habéis preguntado quién os habló? Porque al principio no me he identificado. Pudo haber sido el demonio o pudo haber sido vuestra amiga Teresa.

¡Veis hijos! ¡Alerta! Los espíritus de Dios siempre se identifican. En nombre del Espíritu de Amor, en nombre de la Única y Verdadera Luz, os habló vuestra amiga, vuestra maestra, vuestra directora espiritual, vuestro todo y vuestra nada, Teresa de Jesús. Que Dios os acompañe y nunca olvidéis que, en cosas del amor, abríos el corazón. Shalom.

Integridad

Siempre identificada

Este texto se publica claramente identificado como palabra recibida en el Valle de la Media Luna — siempre distinguido de los escritos históricos de Santa Teresa de Ávila, que tienen su propia biblioteca en este sitio. El discernimiento pertenece a la Iglesia; el texto se comparte con tono testimonial, para la oración.

Léala despacio y en oración — a solas, en familia o en grupo. Es una catequesis larga: puede leerse en dos sesiones, una por cada parte.

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