Catequesis del Valle · Locución
Catequesis sobre la Cruz
Las dos cruces, la fuerza que las une, y por qué no hay Gloria sin Cruz.
Palabra recibida en el valle
Palabra recibida en el Valle de la Media Luna
Esta catequesis fue dada un jueves de oración al Grupo Inmaculada Concepción, Madre de Cristo Redentor, del Valle de la Media Luna, cuando se congregaba en la Parroquia del Perpetuo Socorro, en la primera década de los dos mil. La liturgia de ese día corresponde a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que se celebra cada 14 de septiembre.
Transcripción fiel de la palabra recibida — que los devotos relatan como locución de Santa Teresa de Jesús —, revisada y aprobada por el grupo de oración. Texto original en español.
La liturgia de ese día
Lecturas bíblicas
Números 21, 4-9 · Salmo 77, 1-2. 34-38 · Evangelio de San Juan 3, 13-17
¡Alabado sea el Señor!
¡Alabado Aquel que es Alfa y Omega!
¡Alabado Aquel que es Señor de señores!
¡Alabado Aquel que es Majestad de Majestades!
¡Alabado Aquel que es Luz de Luz!
¡Alabado Aquel que es Principio y Fin!
¡Alabado Aquel que es y será por toda la Eternidad!
¡Buenas noches, hijos! Hoy, al veros reunidos ante la Majestad Divina de Nuestro Señor, quiero felicitaros, quiero daros las gracias por lo que sois, por lo que hacéis y por lo que queréis ser.
Decía Esdras al principio: hoy es un día hermoso como todos los días, hoy es un día resplandeciente como todos los días, hoy es un día de luz como todos los días, hoy existe el amor como todos los días. Y, es que cada día, hermosuras, el ser humano debe mirar el nuevo amanecer, la nueva aurora, la verdadera luz, el nuevo sol para poder ansina mismo, avanzar a lo largo del día. Igualmente, escuchaba la canción, y vamos a cantarla nuevamente porque es una canción, que parece ser, que cada vez que tengo la oportunidad o el permiso de estar para vosotros, las canciones escogidas caen como anillo al dedo. Quizá no lo veáis, pero yo sí. Vamos a cantarla, vamos a ver si realmente estáis aquí. Vamos a mirar en el interior de cada uno la verdad que pugna en el corazón y la verdad que pugna en la loca de la casa. Vamos a mirar, vamos a escudriñar porque cada uno de vosotros lo va a hacer en ese interior, en ese nido de amor, si realmente habéis estado aquí junto al Señor, o habéis estado sólo de cuerpo, pero jamás de espíritu, repitiendo como papagayos. Pero, es hermoso, por eso os felicité, porque estáis aquí. Porque el Señor ve la decisión de seguirle, la decisión de estar junto a Él, la decisión de unirse a Él, la decisión de amarle, la decisión de caminar, aún con todas las dificultades. Pero, hoy sé, Señor, que es un día donde Vos vais a estar en esa presencia Eucarística, no me lo puedo perder, y esto, esto tiene un valor inmenso a los ojos del Señor, a los ojos del Amor, a los ojos de la Verdad, a los ojos de la Luz. Oh, hermosuras, y hoy os encontráis aquí. Sólo en ese silencio augusto de vuestros interiores podéis, ansina mismo, sumergiros y encontrarle, y al mismo tiempo soportar en esa espera, en esa impaciencia que lentamente se va tornando paciente, porque junto a Él todo es posible; no hay dolor, no hay sufrimiento, no hay preocupaciones, no hay distancias; sólo paz y amor. ¡Cantemos, hijos! Voy a hablaros esta noche un poco sobre la Cruz. Vamos a cantarle al Señor. Cerrad vuestros ojos. Tratad de que vuestras bandejas fijen la Eucaristía, la Presencia Eucarística en vuestra interioridad de pensamiento, de imaginación, de recuerdo, y que vuestra voluntad se volque hacia ella. Porque es el momento de decirle: estoy aquí, Señor Jesús. Es el momento de alabarle, es el momento del encuentro, es el momento de disponerse y apartar la oscuridad, y, darse un minuto, un segundo, una eternidad en ese tiempo de gozo, de alegría, de consuelo, de fuerzas.
¡Oh, Cruz Bendita! ¡Oh, Cruz de Amor! ¡Oh, Cruz que soportasteis el cuerpo de mi Señor! ¡Oh, Madero Hermoso, cuya fragancia se esparce en el mundo, en Vos y en vuestra fuerza queremos, ansina mismo, refugiarnos! ¡Oh, Cruz Bendita! ¡Oh, Cruz de Amor! ¡Oh, Cruz que soportasteis el cuerpo de mi Señor!
¡Cantemos hijos!
Estoy aquí, Señor Jesús. Ante tu altar, Mi Salvador. (bis)
Envía tu Espíritu, envía tu Espíritu. Extiende tu manto, sobre mí.
Y seré limpio (con tu Sangre), seré sano (con tus llagas), seré ungido (con tu aceite) y renovado (con tu Palabra)…
Envía tu Espíritu, envía tu Espíritu. Extiende tu manto, sobre mí.
¡Hermoso, Señor! En esa inmensidad de Amor que Vos sois, estas ovejas, estos siervos, estos esclavos de vuestro amor quieren simplemente limpiarse, cobijarse en Vos, llenarse de fuerzas para caminar, para limpiarse, para que la fuerza de Vuestro Santo Amor repare en ellos, dentro de cada uno de ellos; y, ya con vuestras manos libres de la Cruz, bajadlas y ungid las cabezas de estos vuestros hijos, y llenadlas, y serán limpios, serán sanos porque Vos disteis vuestra Sangre por el perdón de cada una de sus culpas, porque a través del Madero, redimisteis los pecados del mundo. ¡Oh! Paloma de Amor, que en vuestro aleteo regáis las gracias del Corazón de Nuestro Señor. Gracias de luz, de amor, de paz, de perdón, de sosiego, de calma. ¡Hermoso, Señor! ¡Hermoso!
La humanidad desde la antigüedad le tiene horror, o en la antigüedad le tenían horror a la Cruz; porque la Cruz, hijos, era sólo para los hombres que cometían delitos, eran crucificados, expuestos a todo el mundo para que nadie volviese a cometer dicho pecado. Los hombres que morían en la Cruz morían asfixiados, sí, hijos. El peso de su cuerpo, la hinchazón, las moscas y todos los horrores de que eran objetos, hacían de aquellos hombres verdaderos desechos humanos. Así que, que mejor muerte para Aquel que se decía Hijo de Dios, ¡alabado sea el Señor! ¡Qué mejor muerte que morir en la Cruz, que morir crucificado! Esto sería el escarnio, esto haría que la humanidad no volviese a cometer el mismo error, o que nadie se atreviese a decir que era el Hijo de Dios.
La Cruz, hijos, está compuesta de dos maderos, uno vertical y uno horizontal. El madero vertical viene del cielo a la tierra como bien decía la Palabra. Y, el madero horizontal está dado entre este cielo de amor y esta tierra, para que la humanidad se pueda colgar y ascender, alcanzar la vida eterna. Pero, todo el mundo habla de la Cruz. En ella podéis ver cuatro triángulos, cada uno de ellos representa el lado del Trono del Señor Jesús; que fue crucificado y fue clavado en sus manos y en sus pies, pero también fue atado en sus muñecas al madero horizontal de la Cruz para que el peso no abriese, ansina mismo, las manos, se desgarrase y cayese. Por eso, hijos, esa cuerda que ató las muñecas de Jesús a la Cruz, hoy todavía se encuentra presente para que cada hombre pueda agarrarse a ella y ser levantado a la vida eterna.
Ansina hijos, entre la Cruz y el hombre existe la gran fuerza de cohesión. Esta fuerza es la que nadie quiere, pero es la única que puede, ansina mismo, sosteneros. Esta fuerza es la fuerza del dolor, la fuerza del sufrimiento, de la angustia, de la desesperación, es la fuerza de la muerte. Y, es que la Cruz sola no puede existir sino ha tenido en ella esta fuerza. Por eso, la Cruz no carga al hombre primero, sino el hombre carga la Cruz, para que, luego ella le cargue para la salvación. Pero, vosotros no queréis la Cruz. Ansina, por allí hay un dicho muy antiguo: Todos quieren al Cristo de la Cruz, pero nadie quiere la Cruz de Cristo ¡Válgame el cielo! ¿Cierto, hijos?
Pues hijos, dadle gracias a Dios de que cada uno tiene una Cruz, de que cada uno de vosotros tiene dolores, tiene angustias, tiene sufrimientos, tiene soledades, porque cuando éste se acabe es porque ya estáis colgados de la Cruz. Y, sino habéis sufrido al cargar la Cruz, ¿qué puede esperarse si el sufrimiento y el dolor son el pasaporte a la vida eterna? El que sufre, el que llora, el que tiene dolor, el que tiene angustias, el que tiene desesperación no puede renegar de su Cruz, porque el que reniega de su Cruz, no resiste cargarla y abandona la Cruz, y, él será abandonado. Así de simple, ansina, así de fácil.
Muchos hombres hoy día no soportan a su prójimo, al que tienen a su lado, al que les cae mal, o al que está feo, o al que está gordo; en fin, hijos, a sus hermanos, y al hacer esto se van deshaciendo de esa persona, y las van apartando. O el que tiene que cuidar un enfermo: esa Cruz, no la quiero yo, mejor que se vaya. O el que tiene que visitar al presidiario: esa Cruz no la quiero yo, que viva en su soledad por pecador. O al que tiene hambre: no quiero alimentar, mucho gasto, que se muera de hambre, yo trabajo para comer.
¡Cuidado! ¡Cuidado con vuestras cruces, hijos! Porque pueden resultar no de salvación sino de muerte. Porque hay dos cruces hijos, la Cruz del madero de Jesús, que podría llamar el primer Cáliz de Amor, porque allí se derramó su Sangre para la salvación del mundo, y, el madero, allí colgó su cuerpo para la salvación del mundo. Y, la otra Cruz, es la Cruz del dolor, la Cruz del sufrimiento. Quizá muchos puedan decir: a ese nada le pasa, vive muy a gusto. ¡Cuidado, hijos! Hay muchos que aparentan vivir a gusto y llevan su calvario, llevan su Cruz. Cada ser humano debe mirar su propia Cruz. Mi medio fraile decía: queréis alcanzar la Gloria, abrazad vuestra Cruz. Esto significa que el hombre no puede separarse del prójimo, esto significa que el hombre debe vivir asociado a ese dolor en ese prójimo, con ese prójimo y para ese prójimo. No importa si cae mal, si habla de mí, si es chismoso, lo que fuese, esa es mi Cruz, y, voy a demostrar que la puedo cargar porque sino lo hago me estoy separando de Vos, Señor, y seréis llamado ¡Señor, Señor! ¿Cuál es vuestra Cruz? Porque todo dolor y todo sufrimiento viene de un prójimo, o por un prójimo o para con un prójimo.
Hay otro tipo de cruces, son esas cruces que no permiten ver el dolor y el sufrimiento. Aquel que quiera seguirme que tome su Cruz. ¿Cierto, hijos? Entonces, la unión es la verdad de amor en todo grupo, en toda familia. Es importante, hermosuras, que os percatéis de algunas cosillas. Una vez, hijos, iba Jesús con los apóstoles de camino. Allí adelante se encuentran con tres carrozas cargadas de víveres y, ansina mismo, de monedas de oro. Las tres se habían atascado, cada una al lado de la otra. Sus conductores luchaban por salvar su carreta. Dice uno de los apóstoles: Señor, ¿a quién ayudamos? Y, Jesús contestó: Vamos a acercarnos, vamos a escuchar y vamos a ver qué hacen. El de la primera carreta, hijos, rezaba sentado en una roca, y la carreta en el fango, rezaba hermosísimo. Miremos qué hace el segundo: éste sólo rezongaba y trabajaba empujando. Y el tercero empujaba, es decir, trabajaba y rezaba. Y, dijo Jesús: Ayudemos a éste, y salvaron la carroza. ¿Qué os quiero decir? Que el hombre debe trabajar para su salvación, el hombre debe, ansina mismo, luchar; y, su arma es la oración. No es venir aquí un Jueves Sacerdotal, es ser una persona orante, y toda lucha, todo esfuerzo, todo dolor, todo trabajo, toda angustia se verá gratificada con la fuerza del amor, con la ayuda del Señor a través del trabajo y de la oración. Decía Agustín: Señor, dadme lo que queráis, pero dadme fuerzas para soportar.
Hermosuras mías, la Cruz está en cada uno de vosotros, y la lleváis, la estáis cargando. Jesús tuvo la gran ayuda de aquel en la Cruz, es decir que le ayudó a cargar su Cruz, pero fue una ayuda obligada. Cuando vais a ayudar a un prójimo, hacedlo con disposición de amor, no porque me cayó a mi, me lo tiraron a mí ¿y yo qué voy a hacer? No, no, no, yo no lo quiero. Regla de oro, hijos, no le hagas a otro lo que no deseáis que os hagan, esta es la ley y los profetas. ¡Ah no, este presidiario ahora me lo tiraron a mí, tengo que ir todos los días a visitarlo! No, no quiero esto. Y así sucesivamente, ¡ah, no, yo de este grupo me alejo porque hablaron mal de mí! ¡Válgame el cielo! Ya no es grupo, porque desde el momento en que no asistís a la comunidad, al llamado de la comunidad, ya no sois grupo porque os ha importado más no el enfermo, no el presidiario, no lo que han hablado, sino vuestros egoísmos, vuestras soberbias, vuestros orgullos.
El que quiera seguirme, dice el Señor, ¡niéguese a sí mismo! y, ¿qué es esto? ¿Qué es negarse a sí mismo sino olvidar, quitar, deshacerse del egoísmo, de la envidia, de las iras, de la hipocresía? No me importa, no puedo ser egoísta, me necesitan. Y, ese prójimo o ese grupo de amor que hoy os necesita, lo está mirando el Señor, como cuando iba con los apóstoles. Miremos, fijémonos qué hace cada cual. ¡Apartaos de mí, agentes de iniquidad! Porque no habéis construido sobre roca sólida. ¿De qué sirvió darse golpes de pecho?
La Cruz siempre va acompañada del dolor, del sufrimiento, de la angustia, de la desesperación. Nunca de la ira, nunca de la soberbia. ¿Por qué? porque le pasa lo del ladrón, uno bueno, otro malo. Aquel que renegó de Jesús no estaba adherido; la adhesión a la Cruz era la ira, era la rabia, y simplemente ¿por qué? Porque no hacían lo que él quería. Era culpable, pero no lo aceptaba. Jesús era inocente y fue culpable. Y, esa es la salvación: la aceptación.
Hermosuras mías, esa canción con que habéis empezado estoy aquí, Señor Jesús, a través de sus llagas, a través de su dolor se limpia el hombre; pero, ese mismo dolor se refleja en cada ser humano y se debe actuar tal y como creéis. Ansina mismo, que la fuerza de amor os une a Jesús, os une al prójimo. Señor, perdonadles porque no saben lo que hacen. ¿Quién es la humanidad para inculpar, para señalar, para agredir, para hablar, para hacerse lengua triple? ¿Es esto caminar con Jesús? ¿Es esto llevar la Cruz? Hermoso sería que, aún con la ira, aún con la rabia, aún con los egos sublevados, ante Vos, Señor y ante este prójimo voy a cambiar, y le voy a mirar como un hijo vuestro, como mi hermano; eso es llevar la Cruz. Es por eso, que, hoy quiero exhortarles, hijos, a que recordéis algo muy importante: caminar con Jesús no es decir que se trabaja para Jesús o para el prójimo, es ser realmente un soldado de amor, es entregarse, es darse, no olvidar trabajar y orar.
Que Dios os guarde, hijos. Y, que la Cruz que lleváis cada uno de vosotros cada día, cada día, hijos, sea más llevadera porque habéis aprendido a soportarla, aunque os haga llagas, aunque os caigáis al piso, aunque os crucifique. Ella, ella, hijos, os llevará a la Gloria, al cielo. No hay Gloria sin Cruz, no olvidéis esto, no lo olvidéis.
Alabado sea el Señor.
Alabado Aquel que es Alfa y Omega.
Alabado Aquel que es Luz de Luz.
Alabado Aquel que es Majestad de majestades.
Alabado Aquel que es Señor de señores.
Alabado Aquel que es Principio y Fin.
Alabado Aquel que es y será por toda la Eternidad.
¡Oh, Cruz Bendita, oh, Cruz de Amor! ¡Oh, Cruz que soportasteis el Cuerpo de mi Señor! Que cada uno de vosotros pueda decir esto mismo de su propia Cruz. Shalom.
Integridad
Siempre identificada
Este texto se publica claramente identificado como palabra recibida en el Valle de la Media Luna — siempre distinguido de los escritos históricos de Santa Teresa de Ávila, que tienen su propia biblioteca en este sitio. El discernimiento pertenece a la Iglesia; el texto se comparte con tono testimonial, para la oración.
Léala despacio y en oración — a solas, en familia o en grupo. Una sola palabra o frase basta para quedarse con ella el resto del día.
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